Un cuento titulado “La melodía”

Todo ha cambiado, un sádico acontecimiento me tenía preparado nuestro titiritero al que todos llamamos destino. Nunca me han gustado los hospitales, ese clima me asfixia debido a sus garras mortuorias que comprimen el aliento de los mortales. Por culpa de un hijo de puta, porque no tiene otro nombre, he estado encarcelado en una angosta habitación al lado de un cadáver durante varios meses. Ahora que carezco de mis dos manos ya no puedo ejercer mi profesión, aquello que me hacía ser feliz, que le daba sentido a una vida de lamento y desesperación. Mis muñones actúan como señal de mi fin en esta existencia. Observo detenidamente cada rincón de mi piso y no reconozco absolutamente nada, dudo incluso del paradero de mi lecho. He de sentarme y meditar sobre mi futuro, encontrar otro sentido a la nada. Tengo dos opciones: seguir el camino hasta el final o acabarlo aquí. Lo curioso es que siempre he pensado que los caminos son infinitos, pero el ser humano no.

Pienso, luego existo. Odio esa conclusión, ¿un muerto existe? Yo estoy muerto y pienso, por lo tanto existo. Soy un muerto que no quiere vivir, que curioso. ¿Qué soy? ¿quién soy? Soy un fiambre que piensa y existe, sin embargo no quiere pensar ni existir. Eso es lo que soy, porque ya no pertenezco al mundo de los vivos.

Un momento, estoy percibiendo algo hermoso. ¡Si! ¡son unos vocablos! palabras que desprende el teclado de un piano. El instrumento está hablando, recita una agradable melodía. Que recuerdos, me da la sensación de que llevo años sin poder dar voz a un piano. ¡Pero ahora no puedo! ¡maldita sea! ¡ahora no puedo! La melodía cada vez es más fuerte, quiere hacerme daño. ¿De dónde procede? Creo que del piso de abajo. ¡Por favor cállate! ¡deja de torturarme más! Como algo tan hermoso puede convertirse en algo tan horroroso.

Por fin ha finalizado, el silencio es lo único que escucho. Ahora que recuerdo nunca lo había percibido. Es bello y cálido el sonido que desprende la afonía, es justo lo que andaba buscando. Una voz que suavice, adormezca y haga yacer mi cuerpo fétido para que nunca más se despierte de su tumba.

Contemplo la luna desde mi oscura ventana. Brilla, brilla más fuerte que nunca. ¡Maldito satélite! ¡ahora tú! ¡por qué suenas! ¡por qué haces sonar a todas esas criaturas de la noche! ¡te burlas de mí! ¡luna maldita! ilumina mi espíritu y no alumbres mi calavera.

¡Otra vez! ¡la tortuosa melodía del piano! De nuevo suena. ¡Un momento! Me resulta familiar. Esas notas, ese tacto, esa voz, ¡soy yo! ¿Como es posible? ¡Yo soy único! O por lo menos lo era. No eran mis manos lo que querías robarme, ¡mis notas! ¡mi tacto! ¡mi voz! Eso era lo que ambicionabas. ¿Ahora que tienes todo eso qué? ¿Cuál es tu siguiente movimiento? Crees que el público no se dará cuenta de que eres un fraude. Pero, ahora que lo pienso tú puedes darle voz al piano, en cambio yo no. Entonces, ¿eso me convierte en una engañosa imitación?

Ese volumen cada vez más corpulento no me deja pensar con claridad. Debo de acabar con la melodía de una vez por todas. Golpeo la puerta con el codo donde supuestamente debería estar el autor de los hechos al otro lado, no obstante nadie me contesta. La melodía es lo único que escucho a través de la puerta y soy consciente del aviso de expulsión que pretende que realice en su propiedad. Encuentro a un individuo fregando el portal donde me encuentro, debe de ser el conserje. El vecino de abajo está tocando el piano a estas horas de la noche y no me deja descansar-suelto al conserje mientras oculto mis muñones. ¿Qué vecino?-me pregunta el tipejo este. ¡El hombre que vive en esta casa! ¡la que tengo delante de mis narices! ¡no le oye!-suelto con cólera sin saber por qué. Caballero-me dice el conserje. Si mi memoria no me falla, ahí no ha vivido nadie desde hace muchísimos años. El antiguo inquilino lo asesinaron y al descubrir después de su fallecimiento las numerosas deudas que sostenía el piso fue embargado. Ahora es propiedad de un banco.

No puede ser. Si nadie vive allí como es posible que escuche una melodía desde el interior de aquella casa. ¿Cómo murió aquel hombre?-pregunto. Fue horrible-afirma el conserje. Alguien le cortó sus manos y se las hizo tragar enteras. Murió asfixiado.

El misterio está adoptando una cruel sombra que comienza a engullirme. ¿A qué se dedicaba el hombre?-pregunto de nuevo al individuo. Era carpintero-me responde.

Enseguida vuelvo a entrar en mi piso y me aseguro de que la puerta está bien cerrada. ¿Para qué? Ahora que lo pienso. ¿De quién me escondo? De la melodía, me oculto de ella, pero no puedo. Es imposible ocultarnos de aquello que puede atravesar todo lo corpóreo. Las luces, ¿por qué no hay ni una sola bombilla encendida en mi piso? Sinceramente estoy mejor así, me siento seguro con el fulgor que desprende la luna, pero por favor no vuelvas a sonar como antes.

Debo meditar para dar explicación a los hechos. ¿Qué debo meditar? Alguien está tocando mi melodía en el piso de abajo y resulta que nadie vive allí desde hace muchos años, por lo tanto hay dos opciones: estoy perdiendo la cabeza o es un fantasma. Un ser del otro mundo que quiere mofarse de mi. ¿Pero por qué? Que sentido tiene tal burla hacia mi persona. ¿Y cómo puede ser que un espíritu pueda dar voz a un piano del mismo modo que yo?

¡Maldita sea! Me oye, escucha mis pensamientos. Está aumentando la potencia de la melodía con ironía. Siempre he pensado que no hay vida después de la muerte, en cambio ahora me estoy dando cuenta de que no existe la parca. Todo eso es una invención, un invento para dar explicación a aquello que no podemos divisar.

Me estoy desviando del asunto, no puedo evitarlo, estoy aprendiendo tanto. Antes no pensaba, solo actuaba, me guiaba por los deseos y las obligaciones. Ahora que esos deseos y obligaciones han desaparecido por completo solo me queda el pensamiento. Tengo que hacer salir a algún vecino para que escuche la melodía, de esa manera confirmaré mi cordura. Salgo de mi piso, ¿la puerta no estaba cerrada? Da igual, no es momento para pensar en ello. Golpeo la puerta de enfrente con el codo y me responde una ruda voz femenina. ¿Qué quieres?-me pregunta estúpidamente una mujer hermosa. Mi vecino de abajo está tocando el piano y no me deja descansar-le informo. Me dice el conserje que allí no vive nadie desde hace años…

De repente mis palabras son interrumpidas por la hermosa mujer. ¿Qué conserje?-me pregunta extrañada. Aquí no hay ningún conserje. Solo somos cuatro vecinos incluyéndole a usted y nadie más. Y sí, el vecino de abajo toca el piano porque es músico.

¡Ahora hay otro fantasma distinto! ¡que burla es esta! ¿por qué? ¿por qué yo? acaso te hace mucha gracia torturar a los mortales. No te das cuenta de que soy como tú, ¿acaso no lo ves? Dejé de vivir mi mundo en cuanto me arrebataron el sentido de este, ahora estoy en el tuyo. Respiro lo que aspiras, toco lo que palpas y observo lo que contemplas. Estás haciéndole daño a uno que comparte tus mismas penalidades. El hombre de la fregona me mintió, ¿por qué? ¿quién es? La hermosa mujer dijo que eramos cuatro vecinos incluyéndome a mi. Me falta un vecino con quien hablar, tengo que hacerlo para averiguar si conoce la identidad del mentiroso. Golpeo la puerta y percibo unos pasos diminutos al otro lado. ¡Es una niña! Tendrá unos ocho años aproximadamente. ¿Está tu mamá o tu papá?-le pregunto con tono dulce e irreconocible.

La niña duda en responder, hace bien, nunca hay que fiarse de los desconocidos. No-me responde. ¿Sabes cuando estarán?-le pregunto mientras discurro en la irresponsabilidad de sus padres por dejar a una niña tan pequeña sola en casa. No lo sé, hace mucho tiempo que les estoy esperando-me contesta. ¿Mucho tiempo? ¿desde cuando?-quiero saber con desesperación. Desde que ocurrió lo del incendio-suelta la muchacha.

¡El desconocido! ¡ese maldito mentiroso! Está subiendo al piso de arriba. ¡Eh tú! ¡Eh!-le grito pero no detiene sus ágiles pasos.

¡Se ha metido en mi casa! No puedo coger nada para asestarle, soy un puto inútil. ¡Ahí está! Sentado en mi sillón como si fuese suyo. ¿Me has engañado?-le suelto bruscamente. ¿Yo?-afirma consternado y extrañado por mi presencia en mi piso. Si, me dijiste que ahí no vivía nadie y resulta que vive un músico que toca el piano y no un carpintero-le suelto. Allí vivía un carpintero-vuelve a afirmar. Ese hombre tenía como hobby tocar el piano pero no era músico. A lo mejor querría serlo en un futuro vete a saber. Si han vendido la casa y allí está actualmente viviendo un músico no es asunto mio. No tengo porque estar atento a todo lo que ocurra en este edificio.

¿Cómo es posible que alguien no se entere de la presencia de un músico? Sus notas, su voz, es imposible no escuchar. Lárguese de mi casa-me ordena el individuo. Estoy harto de que se me cuelen aquí personas ajenas.

Estoy en el portal. No entiendo nada, la melodía suena y la niebla que está trastornando mi mente es cada vez más tenebrosa. ¡Estoy hasta los cojones! Golpeo con furia la puerta donde supuestamente vive el músico al otro lado sin recibir ninguna contestación. ¡Mi voz! ¡me has robado mi voz! Lo tuyo es mio, no puedes glorificarte de mis hazañas, engañar al mundo de algo que no es tuyo. ¡No es justo! ¿Quién te da derecho a robarme? Desgraciadamente no puedo demostrar al mundo quien es el mentiroso porque no tengo manos. ¿Y si el farsante soy yo porque perdí mi oportunidad de dar a conocer mi voz?

La melodía cesa y un hombre abre la puerta. ¡No me ve! A pasado de mi como si nada fuera. Le sigo y bajo hacia el portal de la entrada del edificio donde lo veo hablando con otro individuo. Haces bien en irte de aquí-suelta el hombre. Si, aquí no me quedo más-afirma el músico. Ahora que tengo una gira no necesito esta casa. No hay vecinos, estoy aquí solo y las pocas personas que han intentado vivir aquí se han ido porque dicen que está embrujado el edificio.

El otro hombre expulsa una expresión socarrona por la falta de credibilidad que parece sostener por todo aquello relacionado con lo paranormal. El edificio se incendió, a lo mejor están aquí las almas de los antiguos inquilinos-suelta sin despojar su tono sarcástico.

Se despiden y yo sigo al músico. Entro en su casa y comienzo a reconocer todo su contenido. Ahora recuerdo. Me detengo en un punto concreto, y observo el piano que construí con mis propias manos.

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