Cuento: El bebé

El sillón resultaba un tanto incómodo para Marta, a causa de ese desgaste que ocasiona el peso de los años. Ni siquiera lo inanimado se puede librar de ello. O tal vez fuese por la irritación que se origina en el ambiente cuando simultáneamente entran en contacto la actualidad y la antigüedad en un espacio cerrado. Estaba hecho de cuero, pero del malo. Numerosas grietas desfiguraban la estética del sillón, daba la sensación de que habían sido provocadas al poco de usarlo. Aquel color marrón no podía disfrazar las fisuras. Todo lo que había al rededor de la joven no pertenecía a estos tiempos, el salón era un esclavo de los recuerdos. La ventilación tampoco correspondía a los gases cotidianos que desprende la calle. A Marta le pareció muy curioso que el tiempo tuviese olor, inhalaba el aroma del pasado. Algo positivo que podías resaltar del lugar era su amplitud. Por lo visto la edificación externa era muy astuta, sabía engañar al ojo humano.

¿Qué hacía una chica como Marta en un sitio como ese? Una joven recién graduada en psicopedagogía. Habían colocado un anuncio en una página web donde requerían la presencia de una chica para el cuidado de un bebé. De momento ese era el único trabajo lo más parecido a sus estudios que podía ejercer, por lo visto ya tenían a los mejores educadores y especialistas de la educación del país trabajando actualmente. En uno de esos instantes donde inspeccionas todo en una misera de segundos, Marta se detuvo en una foto enmarcada que había en una mesilla. La imagen mostraba a un hombre y a una mujer, muy jóvenes por cierto, incluso se podría intuir que eran más jóvenes que Marta. Ambos sostenían a un bebé. Sus facciones estaban eclipsadas por una radiante sonrisa que desprendía un afecto completamente aislado a la compresión terrenal, como si estuviesen manteniendo al niño Jesús. A Marta le dio un poco de envidia sana la imagen y no pudo evitar contagiarse de aquellas sonrisas. Usted debe ser Marta-interrumpió una voz femenina y madura que agitó el hechizo de Marta. Si soy yo-afirmó la muchacha mientras le cedía la mano a la mujer. Tome asiento por favor-comunicó la dueña del hogar mientras se ajustaba en otro sillón no más cómodo que el de Marta.

La mujer no alteraba el arte la habitación, es más, formaba parte de él. Llevaba puesto un vestido de algodón marrón que seguramente perteneció a una temporada muy lejana. El cabello era corto y coloreado de un gris cenizo. Su epidermis era flácida, muy apreciable en esos brazos al descubierto que corroboraban su avanzada edad. El silencio ahogó la sala, Marta estaba siendo examinada de arriba a abajo. Por un momento se sintió incómoda por aquella discreta observación. Los orificios visuales de la mujer comenzaron a agrandarse, provocando una sensación de desprendimiento en su invitada.

A Marta no le agradó aquel análisis tan minucioso, pero luego pensó en la lógica de la situación. La anciana debía de tener mil ojos para dejar a cargo a su nieto a una persona desconocida. ¿Por qué elegiste estudiar psicopedagogía?-preguntó la mujer sin desplazar su mirada. Siempre me ha interesado todo el tema de la educación-contestó con agilidad Marta mediante una frase que ya tenía memorizada para futuras entrevistas. Me agrada formar personas y no máquinas sin pensamiento.

Los ojos de la mujer apenas daban indicios de vida. Cada niño es diferente…-soltó mientras bajaba la mirada por la inercia de algún pensamiento. Si, pero eso es bueno, solo hay que ver sus necesidades y adaptarlas a su aprendizaje-interrumpió Marta sin darse cuenta de que sus frases no tenía ningún sentido en el contexto. Ya…-afirmó la anciana como si no hubiese oído nada. ¿Sabes cambiar un pañal?

El concepto de profesionalidad laboral se desplomó en cuanto realizó aquella pregunta. Si-contestó Marta con decepción en su voz. ¿Has trabajado con bebés entonces?-quiso saber la mujer. Si, tengo un hermano pequeño y durante un tiempo fui su niñera, también he estado trabajando de monitora en…-siguió Marta. ¿Sabes preparar un biberón?-interrumpió la anciana motivada por otros intereses. Si-contestó la chica.

De nuevo ese sentimiento de decepción recorrió todo el cuerpo de la muchacha, como una de esas brisas que se te mete en los huesos y nunca sale. ¿De donde eres?-preguntó la mujer. Soy de un pueblo, a una hora en coche para llegar a la ciudad, por eso me pillé un piso de alquiler aquí por si me salía algo relacionado con mi carrera-comunicó Marta. Contratada-comunicó la anciana con el mismo impulso que tienen algunos muñecos cuando les dan cuerda.

Juntas transitaron por un largo pasillo opresivo, adornado de numerosos marcos interminables. Mostraban a un bebé, el mismo bebé que sostenía aquel hombre y aquella mujer de la foto del salón. No habían paredes, todo era fotografías enmarcadas. Supongo que el bebé de la foto es el que tengo que cuidar-soltó Marta mientras intentaba avistar en vano todas las imágenes. Si-afirmó la anciana sin mirar a su invitada. ¿Cómo se llama?-preguntó la recién graduada. Antonio como su padre-recibió como contestación. ¿Donde está su padre?-preguntó por preguntar la chica al sentir una cierta turbación en el ambiente. Murió-soltó la mujer con frialdad.

Conforme más avanzaba Marta el entorno se transfiguraba en una imagen enloquecedora. En algunas fotografías no pudo evitar pensar en que el niño ya era mayorcito para llevar pañales. ¿Y su madre?-preguntó la muchacha en cuanto se detuvieron en una puerta. Soy yo-confirmó la anciana.

Un olor fuerte y repulsivo escapó de su prisión en cuanto se abrió la puerta. La habitación no era apta para sujetos claustrofóbicos, pero lo que le llamó a Marta la atención no era eso, sino lo que albergaba en su interior. Allí había una cuna de tamaño considerable, fuera de lo normal, que mecía a un sujeto enorme. Apenas podías desplazarte por aquel cuchitril sin rozar la cuna. Marta se fijó en el individuo; era un hombre de unos cuarenta años o más desnudo excepto la parte de la pelvis que estaba cubierta por un pañal. El sujeto estaba tumbado boca arriba y agitaba las manos y los pies sin ningún tipo de coordinación, como si de un recién nacido se tratase. ¿Hay que cambiarle el pañal?-soltó la anciana al escuchar los inquietantes lloros de su hijo que comenzó a aflorar en cuanto oyó las adulaciones de su madre.

Todo esto escapaba al entendimiento de Marta, por un momento pensó que aquel escenario era fruto de un terrible pesadilla. El repugnante aroma de la habitación la condujo a la realidad de los hechos y tuvo que retener varias arcadas en contra de su voluntad. ¿Hay que cambiarle el pañal?-volvió a soltar la mujer a la muchacha en shock.

Pretendía ver la destreza de Marta en la perturbadora tarea, aun así la muchacha no pudo reaccionar al mandato. Su mente trastocada impedía que el cuerpo respondiese. Lo siento-reaccionó con miedo por dar señales de vida. Este trabajo no es para mí.

Los lloros cesaron para dar comienzo a numerosos truenos que hacían susceptible cualquier estado de ánimo, la anciana clavó una mirada ida en la joven. ¿Por qué no es un trabajo para ti?-preguntó mediante una tonalidad de irritabilidad oculta en sus palabras. No es un niño-afirmó Marta sin pensar detenidamente en sus justificaciones debido al elevado grado de nerviosismo que poseía.

El rostro de la anciana cambió radicalmente a uno más sereno y enderezado, incluso sus ojos habían dejado de actuar bajo la supremacía de la intimidación. ¿Usted es madre?-preguntó a través de un sonido pausado pero inquietante. No-comunicó Marta mientras pensaba en la huida. Una madre es madre desde el principio hasta el final-siguió la mujer. Eso es lo que soy y nadie me lo va a quitar.

La atmósfera se desfiguraba en otra aún más tenebrosa por cada segundo que Marta pasaba en las garras de aquella vivienda. ¿No te has fijado en los niños de ahora?-siguió la voz pausada. Lo único que hacen es responder e insultar a los mayores y entre ellos mismos. Hacen bullying originando tremendas barbaries. Solo se limitan a estar enfrente de una pantalla por culpa de esos seres que se hacen llamar padres, y a saber que es lo que ven en ella porque ni siquiera hay control sobre ello. Cuando llegan a la adolescencia aún peor: beben, fuman, tienen sexo sin responsabilidad alguna, ¡incluso violan!. ¡Un chaval de trece años violando! hasta donde hemos llegado. Ese es el niño de estos tiempos, un niño totalmente corrompido por una sociedad que va degenerándose en animales irracionales promovidos por instintos y nada más. En cada generación se puede comprobar esa degeneración provocada por un germen que nosotros mismo hemos creado, y ese germen infecta a cada generación con más rapidez, pero ese patógeno infeccioso no puede afectar a los bebés. Ellos son inmunes de este y siempre lo serán. Mi hijo no está contaminado gracias a mi. A la labor de una verdadera madre.

Marta no estaba de acuerdo con aquel discurso, no era quien para meterse en la vida personal de los demás, pero tampoco podía dar la razón a alguien que intentaba ir en contra de sus creencias y estudios. Así lo único que haces es hacerle daño a tu hijo-soltó Marta. No has hecho que su desarrollo psicoevolutivo…

De repente fue interrumpida por los lloros que ascendían de volumen cada vez que sonaba la discusión. ¿Estás segura de ello?-dijo la mujer. Él nunca ha llegado a conocer la crueldad que conlleva el mero hecho de existir, no sabe lo que es la envidia, la rabia, la violencia, el egoísmo, la codicia, la mentira, todos esos elementos que comienzan a resurgir en el ser humano cada vez en edades más tempranas. Él no sufre por el hecho de existir, no como nosotros. ¿Eso me convierte en una mala madre? ¿No estoy haciendo bien mi trabajo? ¿Qué derecho tenéis los demás para decirme como debo criar a un hijo? Hay madres que tiran a sus hijos recién nacidos por el váter, o cuando crecen tienen a sus hijas encarceladas para que un hombre que se hace llamar padre las violen. Y yo que lo único que he hecho en esta vida es que no se contamine ni sufra las calamidades humanas ¿soy la mala de la película? ¿Nunca os habéis preguntado si los malos sois vosotros? ¿tanto ego tenéis? Me da igual lo que hayas estudiado, los estudios son solo palabras escritas por un a mente corrompida, y nada más.

A continuación salió de la habitación consumida por la rabia encerrando a la muchacha y al bebé de cuarenta años mínimo. Ahora que la habitación estaba cerrada los lloros no podían salir junto con aquel hedor vomitivo. Penetraron en los oídos de Marta causándole una horrible sensación de dolor, como si de un momento u otro le saliese sangre por los oídos. Golpeó la puerta, pero dicha acción resultó ser en vano. Era consciente de lo que debía de hacer para que los llantos cesasen. Dirigió su mirada hacía la enorme figura que no detenía ese contoneo de manos y piernas al aire que tanto la inquietaban, no podía evitar esa sensación de repugnancia que estaba sosteniendo su cuerpo en todo momento. Se acercó a él mediante diversas pausas y realizó la ardua tarea que en un principio se negaba a realizar. Cuando acabó los llantos cesaron, le llamó la atención su rostro apagado, débil e inocente que poseía a pesar de su verdadera edad. ¿Sabes hablar?-le preguntó Marta sin recibir respuestas salvo una magnifica mirada que solo los bebés pueden mostrar. ¿O puedes pero no te dejan hacerlo?

Pudiese o no pudiese, el hombre bebé no dijo ni una palabra. Lo más llamativo del caso para Marta fue esa mirada que desprendía el hombre, porque eso era en realidad, un hombre. Su mirada le recordaba a la de un bebé, ni siquiera vio en él esa mirada de deseo que se ve a la legua en los chicos en cuanto llegan a la adolescencia y que nunca termina. Solo había en ella inocencia y limpieza. Pero todo esto no podía verlo correcto, era totalmente contrario a sus estudios. Una persona debe desarrollarse y convertirse en un individuo adulto. Sin embargo él lo era, pero carecía del germen de la sociedad. De pronto escuchó que el cerrojo se movía y apareció la anciana en un estado de arrepentimiento. Perdón por haberte encerrado-se disculpó. Ya sabes como somos cuando crecemos. Si no quieres el trabajo puedes irte sin problemas.

Lo que pasó a continuación se puede intuir con el futuro de Marta. Ella consiguió un empleo, conoció a un chico, se casó, compraron una casa humilde y tuvieron un bebé. Lo típico que debe hacer el ser humano en este mundo gracias al dictamen que inculca una sociedad. Un día Marta quiso requerir de los servicios de una joven para que cuidase de su bebé. La primera muchacha que anhelaba el trabajo aprobó la entrevista. Cuando llegaron a la puerta donde se encontraba el bebé al otro lado la chica le preguntó a Marta: ¿Y su madre?. Marta le respondió: Soy yo.

Un comentario sobre “Cuento: El bebé

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s