Capítulo 3

La estrella luminosa se manifestó como pronóstico de un trágico acontecimiento, sus mullidos disfraces comenzaron a ocultar al profeta que gravitaba algún mal augurio. Ághata llegó a su casa bajo un velo de ingenuidad en su espíritu. Lo primero que hizo fue dejar la mochila en su habitación, después se acicaló rápidamente sus largos y dorados cabellos mediante una celeridad automatizada, finalmente acudió a la cocina donde le esperaba su familia. Cierta brisa insonora reinaba en aquella mesa bajo la imperiosa mirada de un gobierno dictatorial. La joven no quería interferir en aquel mutismo, asimismo, no podía evitar la constante supervisión de una mirada sentenciadora, aún así sostuvo una actitud impávida ininterrumpidamente ante la injusta vigilancia. Puso su plato en la mesa y empezó a comer, ignorando el dominio del desenlace. Una fricción de ascendencia lastimosa comenzó a palpar el escenario. La hermana pequeña de Ághata quiso provocar inconscientemente a la fortuna, ya que cogió el mando de la televisión sin temor al verdugo.

Casualmente se encendió la pantalla en el canal de noticias, informaba un terrible altercado de última hora: se ha hallado un cuerpo… De pronto la matriarca del hogar hundió sus afiladas garras en la mano de su hija, provocando una retirada inmediata del mando. A continuación apagó el televisor, debido a esa cólera que proporciona una ráfaga inestable. Empezaron a brotar lágrimas en los ojos de la infante, secreciones inmóviles que no eran producidas por la sangre que embadurnaba toda su mano. Aquellas gotas eran de arrepentimiento. ¡Nadie ve la televisión mientras se come! ¡esa no es la clase de educación que os he enseñado! ¡niña estúpida!-retumbó la fiera sin mostrar ningún signo de sensibilidad por la penitente. ¡YO me mato cada día en haceros la comida y cuidando este tugurio sabiendo que estoy delicada de salud y este es el trato que recibo de todos vosotros! ¡No tenéis corazón ninguno panda de desagradecidos!

Ághata hizo lo posible por fingir su comparecencia, aquella labor pudo ejercerla su cuerpo, pero su mente se resistió. Desde que te conocemos siempre has estado enferma, para lo que te conviene claro-soltó Ágatha con voz achicada para que nadie la oyese.

No se atrevía a contestar a su superiora porque sabía que no serviría de nada, solo empeoraría más las cosas. Como si echases más leña a una olla hirviendo, cuanto más arrojes su quemazón se hace más insoportable. El silencio volvió a resurgir, aunque poco duró ante la voz matriarcal.

Sus funestos vocablos retornaron de aquellos férreos labios a través de un tonalidad inflada por la bonanza del sosiego, sin renunciar a su apreciada esencia de potestad. Esta vez la víctima fue su maridito. Un sujeto con un físico desgastado, que reflejaba el sentido opuesto del malévolo retrato de Dorian Gray. Un individuo abollado por los años, fatigado por su existencia. Eso si que era un verdadero retrato, al contrario de las calumnias que se trazan y se han trazado. La matriarca le “sugirió” dinero para hacerse un tratamiento de ácido hialurónico, un proceso que consiste en la eliminación de las arrugas del rostro, o viceversa, según su frecuencia de consumo. El capricho era bastante costoso, además significaba un compromiso que recaía en el hombrecito por ser el único miembro que podía hacer frente a todos los pagos de la casa, puesto que era el único sustento económico de la familia.

Gran patrimonio que entraba en aquella vivienda pasaba por manos de la matriarca, ella lo guardaba en el banco con el pretexto de los gastos que se ocasionaban en el mantenimiento de la familia. Aun así no gastaba ni un duro del dinero que guardaba, dicho con otras palabras, quería recibir, guardar y que se lo pagasen todo. Por lo visto estaba preparándose para el Juicio de Osiris. El hombrecillo dudó en contestar la demanda, ya que comenzaron a reaparecer los numerosos pagos que debía de hacer frente. Su expresión establecía más comunicación que cualquier palabra. ¡No me vas a dar el dinero maldito inútil! ¡con todo lo que YO hago por ti! ¡por todos vosotros!-la llama volvió a resurgir de unas cenizas que nunca se apagaron. ¡No eres un hombre! ¡eres una mierda! ¡crees que vales algo! ¡crees que eres imprescindible! ¡no eres nadas! ¡que haríais vosotros sin mí! ¡nada!

Ya había comenzado, retroceder era solo una ilusión. Ante aquella embestida se sumaron varios puñetazos que fueron dirigidos hacia el rostro del hombrecillo, después recibió varias retorceduras sobre la carne de sus miembros. Habían marcas que volvían a agrietarse, confortando a un dolor más intenso. Esas acciones cesaron cuando la víctima aceptó la demanda del bravucón, es inútil oponerse a un gobierno que regula la actividad económica.

Ághata se levantó rápidamente de la silla durante la trifulca dejando el plato medio lleno, cogió en brazos a su hermana que no dejaba de llorar y se fueron a la habitación que compartían para ocultarse de la furia. Toda esa sucesión de hechos adquirieron una velocidad imperceptible. Cuando la irrazonable Erinia se percató de que sus hijas se habían escapado de su truculenta atmósfera inició un lanzamiento de profusas injurias respecto a todos los miembros de la casa, creando falsos monstruos en los oídos ajenos que merodeaban por el exterior de la morada.

Las mártires aguardaron hasta que la tormenta cesase, Ághata envolvió entre sus brazos a su hermana Talía mientras le proporcionaba una música apacible. Con ello disfrazó sus propios nervios que también le recorrían por sus venas. En vista de que las nubes dejaron de tronar la muchacha abrió lentamente la puerta, lo suficiente para poder tener una perfecta visión panorámica del exterior. El angosto pasillo estaba completamente vacío y mudo, con la misma habilidad que se alcanza para no ser descubierta por un depredador se dirigió al baño en busca de agua oxigenada y betadine. Los utensilios estaban silenciados por la situación, típico en estas circunstancias, cuando los encontró se volvió a encerrar en la habitación.

Comenzó a desinfectar los arañazos de Talía, disimulando una actitud dócil por ella. Se lamentó de aquel pudor que fundaría cicatrices internas en un alma inmadura. La lluvia de los orificios amainó poco a poco hasta apaciguar el estado de inquietud que se desbordó anteriormente. ¿Porqué nos odia tanto mamá?-preguntó la niña con un tono endeble, al igual que su mirada. No nos odia, ella no podría hacer nada sin nosotros-respondió Ághata mientras acariciaba el fino cabello de su hermana.

Aquella respuesta no supuso un cambio en su convencimiento. Yo creo que es por mí-siguió la pequeña preservando esa tenue condición. ¿Por ti?-preguntó Ághata con cierto asombro.

Los ojos de Talía volvieron a brillar del mismo modo que nuestro satélite, mientras sus pupilas se desmoronaban con detenimiento hacia el suelo. Soy una decepción para ella, el haber nacido con síndrome de Down me hace ser diferente al resto y…-soltó sin vacilación.

Ághata la interrumpió de inmediato, no permitía en ninguna circunstancia que su hermana pensase que ella fuese una burla hacia su madre como consecuencia de un cruel castigo suministrado por algún malicioso hado. Todos somos diferentes Talía, tú lo eres, yo lo soy, todas las personas que conocemos también lo son, esa diferencia hay que abrazarla y hacerla nuestra, nunca dejarla escapar, porque es lo que nos convierte en las personas que somos, es lo que nos hace únicos-afirmó Ághata durante el recibimiento de varias punzadas profundas debido a los duros pensamiento de Talía. En ocasiones los milagros y las palabras comparten la misma labor, este fue uno de esos casos, ya que despertaron una hermosa sonrisa en el semblante de la niña. Su hermana cogió una muñeca de trapo que se encontraba en la cama de la niña. A pesar de ser un objeto inanimado, desprendía más vitalidad que los demás miembros de la casa.

La muñeca alcanzaba la pelvis de Talía. Llevaba puesto un vestido de cuadros rojos con diferentes tonalidades. Coincidía con el mismo estampado de sus dos lazos que sustentaban unos tirabuzones anaranjados. Unas medias de rayas hacían juego con el vestido. Sus ojos eran negros como el plumaje de los cuervos, decorados por una pequeña y disimulada sonrisa, además de unas mejillas sonrojadas. Lo que más destacaba eran sus enormes zapatos negros. Mientras tengas a “Atenea” no te pasará nada, cuando yo era una renacuaja como tú, ella siempre me protegía “del peligro”-declaró Ághata mientras le entregaba a la guardiana. Ojalá viviésemos en otro lugar sin mamá-ese anhelo de Talía despertó en Ághata la posibilidad de aquel proyecto.

Gabriel se esforzó por masticar la sólida masa de una pizza congelada, su espíritu compartía aquel sometimiento. Estaba acompañado por la nada, no es de extrañar que esa escena conlleve a pensamientos pesarosos en ojos ajenos, pero en algunas ocasiones, más de lo que creemos, nuestra idea altruista se confunde, para Gabriel era la mejor compañera de su domicilio. Sin embargo había otro plato en la mesa con su respectiva porción. Mientras mascaba el chicle de almidón su mirada se desviaba hacia la entrada, sus ojos aguardaban a alguien. La espera hizo encender el televisor. El canal de noticias mostraba un terrible altercado de última hora; se ha hallado un cuerpo completamente mutilado… De repente la atención del oyente fue interrumpida por unos golpes en la puerta, Gabriel apagó la televisión y se dirigió a la entrada. El autor de dicho reclamo se llamaba Javier; de estatura media, pelo medio largo y castaño con el flequillo hacía atrás. De piel morena, complexión atlética y aderezado por unos ojos de color turquesa. Todo lo contrario de lo que era Gabriel. Al verse no pudieron evitar besarse, después de ese indiscreto saludo entraron a la cocina. La visita estaba planeada, los dos muchachos llevaban varios meses realizando aquella tradición. Para Gabriel esos eran los únicos momentos que le daban sentido a la lucha constante de los días, las horas se convertían en años, pero con Javier mudaban a segundos. Las risas eran las protagonistas de la sala y se podía inhalar un aire eufórico. Desafortunadamente todo el mundo sabe que el clima nunca se mantiene constante, es inevitable la llegada de la tormenta. Una prominente figura trajeada se encontraba inmóvil bajo la nebulosidad que se estaba produciendo en la entrada, por lo visto el astro luminoso comenzó a evadirse de ella. Toda su complexión reflejaba autoridad, aquella silueta dominante despertó en los muchachos una inquietud en todos los músculos del cuerpo. La sentencia silenciosa hizo que Javier saliese de la casa con una zozobra asfixiante al dejar a la víctima en manos de su ejecutor. El hombre mantuvo su sentencia silenciosa por varios minutos, para Gabriel era una verdadera tortura el desconocer las diversas condenas que le podían rondar por la cabeza al magistrado.

Por fin el enigmático veredicto comenzó a materializarse en sonidos. Te dije que no quería ver chicos en esta casa-ratificó Alfonso sin apartar su lauda mirada del condenado. Los siento señor-contestó su hijo con voz queda ocultando una afligida expresión de sus facciones.

Alfonso comenzó a caminar de manera sospechosa en dirección hacia el muchacho, por cada paso que daba la negrura se agrandaba, al parecer la disculpa no era suficiente penitencia. Todas sus zancadas tronaban en sincronía hasta que una mano corpulenta se aferró en el cuello de Gabriel. El chico no pudo deshacerse de la desmesurada zarpa, por esa razón tuvo que abandonar el forcejeo y someterse a lo irremediable. Dios aprieta pero no ahoga-afirmó Alfonso a su presa al ver que ya no oponía resistencia alguna. Pero yo no soy Dios.

Enseguida que se le restableció la respiración huyó hacia su habitación, allí sus rodillas se derrumbaron, empezó a sollozar y a maldecir su existencia. La impotencia es igual de efectiva que cualquier otro veneno, el dolor que te instaura te va destruyendo paulatinamente por dentro. Claramente la jornada laboral de su padre había acabado mucho antes que de costumbre y ahora que sabía lo que ocurría en su ausencia estaría mucho más atento a los movimientos de su hijo, puesto que era un hombre que no solía caer dos veces en la misma piedra. Gabriel se encontraba en un mar de incertidumbre, pensaba en el continuo control que tendría que sufrir después de acabar la carrera. Todos los socios del gabinete donde trabajaría conocían a su padre, pero ya no solo ellos, sino cualquier miembro perteneciente a la comunidad de la abogacía porque su padre era el juez más importante de toda la región. Estaría dominado por un sinfín de ojos, más eficaces que los orificios de Argos. Hiciese lo que hiciese sería juzgado. Su gusto hacía la abogacía se manifestó desde temprana edad, aunque en numerosas ocasiones dudaba de ello. Pensaba en la constante influencia de su padre por aquella inclinación, no obstante es muy fácil confundirla con una obligación. Ambos te pueden engañar por su magnífico parentesco. Cuantos sujetos han sido burlados por culpa de un ente que cree hacer lo correcto sin predicarlo con el ejemplo, y los que sí lo platican nunca se han parado a pensar en lo importante que es para cualquier persona la posesión de su propia personalidad. Parecerá una estupidez, pero nuestros problemas comienzan a falta de ello. Por un momento se le ocurrió realizar una vengativa de abandono, dado que cuando nos sentimos amenazados y acorralados nuestros pensamientos se transforman en quimeras, no obstante cuando la razón destruye esas fieras los pensamientos vuelven a tomar su luminiscencia. La total independencia la contemplaba en un solo camino.

Sucedió un acontecimiento bastante extraño en el trayecto que realizó Emmy hacia su casa. Hubo un momento del recorrido en el cual avistó a un desconocido que imitaba los mismos pasos que ella. El individuo permaneció al otro lado de la calle, decidido a insistir en la parodia. Emmy procuró divisar a su acosador mediante el disimulo, sobre una actitud serena para no desvelar ningún tipo de recelo en el desconocido. No podía reconocerle porque se ocultaba bajo una capucha. Si llegaba a casa el forastero sabría donde se hospedaba, pero por otro lado era el único lugar en el que estaría segura. Cada vez se acercaba más a su destino, tenía que tomar una decisión, no cesaban los latigazos del titubeo, su cuerpo ya no le correspondía, seguía recto sin rumbo alguno, hasta que el raciocinio recuperó el control de su complexión y la detuvo. Inexplicablemente el desconocido desapareció, Emmy examinó todo su alrededor para asegurarse de su ausencia y al comprobarla no perdió más tiempo en llegar a su domicilio.

Una intensa sensación de alivio comenzó a manifestarse por toda su figura, gracias al ardor del hogar. Todos los músculos de Emmy, que estaban completamente rígidos, iniciaron su recuperación para tornar a ese estado natural indoloro. Sus padres la esperaban en la cocina con los platos vacíos como era de costumbre, admirando la voluminosa olla que resguardaba un acogedor caldo de pescado. Aún no habían catado el alimento porque para ellos la comida y la cena era uno de esos momentos familiares del día que se tenían que compartir. No querían romper ese ritual que poco a poco se irá extinguiendo. Los móviles estaban prohibidos en la mesa. La joven no quiso alertar a los presentes de lo sucedido durante el trayecto, si comunicaba el suceso aquel dócil escenario se convertiría en una tragedia. En el fondo quería contarlo, pero la posible reacción de sus padres, en especial la de su madre, le hacía dudar de ello.

Su madre extendió sus brazos, a continuación realizaron la misma acción los demás miembros de la mesa. Las manos estaban conectadas unas con otras. Tenían que rezar antes de distribuir cada ración. Emmy era consciente de que en algunos momentos de la oración su madre le echaba un pequeño vistazo rápido para confirmar la salvación de su hija. Aquella mujer se llamaba Margaret, estaba casada con Dios y con Rafael, el padrastro de Emmy. Siempre tuvo la curiosidad de conocer a su verdadero padre, nadie tenía noticias de ese sujeto, abandonó a Margaret sin darle ninguna explicación estando ella embarazada, eso era lo único que Emmy sabía. Al poco tiempo conoció a Rafael en la Iglesia de su antigua ciudad, el hombre era uno de los curas de la congregación, un novato en la comunidad religiosa. Es por ello que cuando conoció a Margaret dejó su oficio y se unió en matrimonio.

El círculo se descompuso, Margaret llenó cada plato como resultado de su instinto, después ejecutaron esas palabras triviales que van deshaciéndose con el paso de cada generación. Emmy encendió el televisor en esos instantes en los cuales ya se han expulsado todas esas palabras. Porque aunque no lo crean también tienen su final. Aquella acción no le agradaba mucho a su madre y lo demostraba con una expresión irritable en su rostro. El canal de noticias mostraba un terrible altercado de última hora; se ha hallado un cuerpo completamente mutilado en el pantano de Guadal, la víctima es un varón, de momento se desconoce su identidad, no hay ninguna pista sobre el posible autor de los hechos, la única información que tiene la policía es el testimonio del hombre que se ha encontrado el cadáver, ahora mismo se encuentra en estado de conmoción, les informaremos de más detalles en cuanto se obtenga más información al respecto.

La noticia provocó en Emmy un estado de pánico, relacionó el terrible altercado con el desconocido que le acechó. La pavorosa conducta no pasó desapercibida por los otros miembros de la mesa, por esa razón no pudo ocultar los acontecimientos que en un principio quiso silenciar. Sus padres estaban inquietos y pretenciosos por conocer el motivo de la extraña conducta. La chica sin pensar en las consecuencias de sus actos expuso los hechos de su congoja. La narración atrajo un silencio de mal agüero en la sala, Margaret con sus dos manos apretó con mucho brío el rosario que le colgaba alrededor de su cuello, de un momento u otro el volcán erupcionaría para arrasar con todo a su paso. Su mirada estaba completamente perdida, como si estuviese poseída, cuando la recuperó la introdujo con su extremo afilado en el semblante de su hija. A Emmy le pareció confusa la reacción de su madre porque ella no tenía la culpa de que un hombre la hubiese seguido, tenía la sensación de que aquella irritación era impulsada por otro motivo que desconocía. Siempre le recitaba la misma advertencia, nunca había que provocar la ira de Dios, si lo haces te azotaría con el peor de los castigos. Si esas palabras eran ciertas, se podía confirmar de que la deidad actuaba bajo la imagen de Margaret. ¿Qué aspecto tenía?-preguntó su madre por medio de una funesta armonía.

Emmy no podía proporcionarle esa información. La ignorancia provocó más indignación en Margaret. ¿Sabes quién es?-preguntó su hija inconscientemente.

No sabía el motivo, lo desconocía la propia autora, pero por alguna extraña razón le había hecho esa pregunta. Su acción era dueña de un impulso innato que había tomado posesión en Emmy, no había confesionario alguno que pudiese retirar el arrepentimiento que sentía la chica por haber elaborado aquella pregunta.

Margaret se levantó de la silla impulsada por algún ente diabólico, provocando un terrible seísmo en la mesa. ¡Cómo te atreves a acusarme! ¡cómo puedes pensar que yo tenga alguna relación con el pecado! ¡yo Margaret, servidora y fiel de nuestro Señor! ¡antes me ahogaría en el lodo más profundo, me hincaría en mi propia piel el metal más tórrido, que defraudar a nuestro Altísimo!-esas palabras fueron dichas mientras la sirviente de Dios dirigía su mirada hacia el cielo y comprimía duramente el rosario en su pecho. ¡Si hay un pecador que quiere despojarte de tu honor y hacerte daño arderá eternamente en el infierno! ¡mientras debemos alejarnos de los infractores hasta que reciban el castigo divino! ¡la calle está llena de esa calaña! ¡la Tierra es su hábitat! ¡por ello te prohíbo provocar al vicio!

De arriba o de abajo, no importaba la procedencia, todos eran conscientes de la sentencia de reclusión que sostenía aquella clamorosa corriente. Margaret siempre quiso que su hija fuese monja, que viviese una vida de clausura monástica, pero Emmy rechazaba completamente el camino religioso. La Física era su mayor pasión y creencia, esa ciencia le proporcionaba una evasión de ese devoto mundo que con frecuencia intentaba inculcarle su madre. Rafael no interfirió en la decisión de su mujer, se limitó a seguir engullendo la insípida sopa. El rechazo que estableció Emmy por la resolución de Margaret supuso un fuerte agarre de cabellera y un arrastre hasta el sótano. Su hija no paró de suplicar clemencia, aún sabiendo que la practicante tenía los oídos taponados por el influjo de las oraciones que recitaba en voz alta. Rafael mientras seguía ingiriendo, esta vez un plato vacío. Emmy descendió obligada a un oscuro paraje donde la luz era un completo desconocido para aquel tétrico lugar. La joven escuchó desde el otro lado de la puerta los ruegos de su madre: ¡Ten piedad de ella! ¡aún tiene un alma joven que desconoce las diferentes formas de actuación que tiene el pecado! ¡solo quiero que llegue a tu trono limpia de ello! ¡por ella!

Comenzaron a caer las primeras gotas de una inmediata llovizna en el rostro de la recluida, sin embargo despejó todas esas nubes renegridas. Una oscuridad asfixiante empezaba a devorarla poco a poco, apenas hizo algún intento táctil de dominio, conocía su prisión. Sabía que podía entrar en contacto con alguna herramienta punzante, pero le daba igual. En numerosas ocasiones se lamentaba de no establecer esa fricción con ellas. Solo veía un única solución, alejarse de su casa, aunque para ello necesitaba un sustento económico. De que sirve la marcha si luego retornas, eso es lo peor que un desertor puede hacer. La tribulación comenzó a alejarse de ella, una nueva tentativa se le había pasado por su mente. La visión opaca fue abordada por una tenue luminiscencia que provenía de su móvil, a continuación envió un whatsapp a Leandro.