Capítulo 5

El cielo ofrecía una agradable limpieza como obsequio del atardecer, domado por el luminoso astro. Una robusta figura trajeada impedía la presencia de cualquier organismo viviente en el salón donde se hallaba. Estaba acompañada por una infinidad de papeles, aromatizados por la esencia de una copa de coñac. Gabriel tenía que superar aquella parte de la casa custodiada por ese enorme buitre que se ocultaba bajo un crepúsculo trajeado. A punto estuvo de librarse del ocaso cuando una solemne voz salió de las tinieblas proporcionándole una detención inmediata. Ten mucho cuidado con tus acciones fuera de casa, ya sabes que no toleraré que tus errores me salpiquen-advirtió Alfonso mientras se humedecía sus labios resecos en su copa.

Alfonso era muy conocido y respetado a nivel nacional, se había forjado él mismo una imagen severa y admirada, por esa razón no consentía que su hijo pusiese en peligro su notoriedad. Nunca había mostrado ningún tipo de afecto por su sucesor. Era esclavo de su trabajo, o tal vez su trabajo era esclavo de él. Ejercía su profesión dentro y fuera del ámbito familiar. Custodiaba en el interior de su cuerpo la ponzoña del empeño por suplantar a Minos.

La gravedad de la oscuridad estaba oprimiendo a Emmy, quieta e inmóvil se hallaba aprisionada bajo la angosta atmósfera de la celda. Al estar perturbada la función de la vista los demás sentidos se agudizaron. Percibió un cúmulo de topetazos producidos por firmes zancadas y violentos portazos. El volumen de los ruidos comenzó a tomar una apariencia corpulenta. La chica intentó seguir aquellos pasos etéreos, pero una decepción constante la golpeaba cada vez que las pisadas se acercaban a la entrada de su prisión y se alejaban. De repente los sonidos cesaron, el silencio alteró más a la prisionera. El bombeo de su corazón era lo único que escuchaba, la música adoptó una violenta armonía por culpa de ese sigilo que se había presentado con descaro sin ser invitado. De nuevo los sonidos salieron de sus nichos, gracias a ese renacer el corazón recobró su ritmo habitual de palpito. Un olor rancio comenzó a introducirse en las fosas nasales de Emmy, el hedor provenía de las tuberías, no pudo evitar soltar una arcada. El timbre sonó como instrumento de salvación. Los cónyuges atendieron el reclamo, no sin antes observar por la mirilla con cierta desconfianza. Al reconocer a Ághata abrieron la puerta. Buenas tardes, quería hablar con su hija para ir mañana a una conferencia que realiza la universidad por primera vez con relación al “emprendimiento laboral”-fue la primera “bobada” que se le ocurrió a la chica.

Rafael abandonó la escena sin decretar respuesta alguna, ni siquiera una simple cortesía por educación. En cambio Margaret mantuvo un silencio reflexivo mientras cargaba una mirada pendenciera en la joven. Su mente estaba sometida bajo un rimero de posibilidades, era consciente de que tenía que intervenir rápidamente en la exigencia de la demanda. Acabo de leer ese mensaje por el campus y no he podido llamarla porque ayer mi hermanita me descalabró el móvil sin querer-siguió Ághata para solidificar más la argumentación al ver el dubitativo ademán de su receptora. Si quieres le puedo dar yo el mensaje-soltó Margaret con acento apresurado.

Algunas de sus extremidades marchaban al compás de un desequilibrado director de orquesta. Ághata era consciente del designio que disimulaba su “amable ofrecimiento”. Prefiero comunicárselo en persona, porque si acepta tenemos que decidir el modo de quedada-siguió insistiendo sin mostrar ningún indicio de abandono.

Margaret entreveía la perdida de la batalla, su piel se estaba chamuscando, por lo tanto lanzó su último proyectil que decidiría su victoria o su derrota. ¿A qué hora es la conferencia?-preguntó bajo una exasperación imperceptible.

Le resultó insólita aquella pregunta, desconoció el motivo de su ejecución, aun así tenía que esquivar esa singularidad y decidir su último contraataque. Como buena estratega que era pensó rápido y respondió. Por la mañana, en horario lectivo, a la misma hora que le coincide con una clase que se le ha cancelado y por mi parte esa hora la tengo siempre libre-soltó Ághata con satisfacción por su ansiada victoria.

La mujer accedió a su propio hogar mediante una expresión de derrota, su dentadura se oprimió por aquella humillación. La puerta del sótano se abrió, una absorbente luz se introdujo en aquella estancia otorgando una mayor amplitud y desfigurando la habitación del péndulo. Cuando Emmy estuvo dispuesta a salir de la cárcel su cancerbero la detuvo. Tienes a Ághata esperándote en la entrada, pero antes de verla cámbiate de camiseta y luego limpias el estropicio que has armado allí dentro-exigió Margaret al ver las numerosas manchas que impregnaban en la camiseta de su hija.

Lo primero que hizo fue ejecutar el mandato de su madre, después atendió a su compañera. Ese era el orden correcto. Ambas chicas compartieron una mirada inteligente. ¿Qué tal estás?-preguntó Ághata nada más ver a su amiga liberada de la morgue.

Sus facciones producían un tinte apagado, aquella pintura en su rostro confirmó la respuesta. Emmy intentó reprimir su corpórea inquietud, no pudo evitar sentirse vigilada por una metódica mirada invisible, movía la cabeza con hipocresía para poder localizar a su delator. La agitación comenzó a disminuir por un sentimiento cálido que le proporcionó el tacto de las manos de Ághata. El azoramiento desapareció gracias al poderío de la compresión. Las pupilas de las chicas compartían el mismo reflejo de los espejos. Tranquila, no estas sola-continuó Ághata a través de un apacible acorde. A las diez y media sales por la ventana de tu habitación donde te esperaremos y una vez libre nos vamos a grabar nuestro primer vídeo para nuestra redención.

Tras la despedida Emmy se sobresaltó al ver la figura rígida de su madre a pocos metros de distancia, permaneció inmóvil durante varios segundos, como si algún presunto ser celestial le estuviese indicando su siguiente movimiento. Vete a tú habitación-ordenó Margaret. Te llamaré cuando esté lista la cena.

Apenas saboreó el salmón, no tenía apetito, el estómago continuaba revuelto. Los mendigos pasando hambre y tú desperdiciando la comida-afirmó su madre. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podemos llevarnos. Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso.

Emmy ignoró aquel versículo, puesto que era contrario a sus ideales. Para ella las palabras carecían de importancia, solo le interesaban los hechos. Se excusó con delicadeza, mientras sentía una inevitable culpabilidad por su ecuánime actuación. Quedaba una hora para que viniesen, necesitaba una pequeña distracción durante la estancia en su cuarto, tanteó varios libros de su estantería hasta prender la obra de El gran diseño de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow. Ya se lo había leído, pero una segunda lectura siempre adquiere otra interpretación con respecto a la primera. Curioso, ¿verdad?. Su estado de concentración era débil, no podía dejar de pensar en la decisión que había tomado sobre su futuro. Alguien le había robado las agujas del único reloj que tenía en su habitación, la pausa intervino como un cruel castigo. Miró el móvil, había pasado diez minutos, ahora quedaban cincuenta. Solo confiaba en los minutos virtuales. La lectura fracasó, no había suficiente espacio en su cabeza para las letras. Por fin quedaban cinco minutos para la hora pactada, la afonía de la casa comenzó a manifestarse entre onomatopeyas, el eco murmuraba a través de los crujidos. Sus padres ya formaban parte del mundo de los sueños, eso significaba que la música chirriante era producto de la casa. ¡Ya estamos aquí!-de pronto prorrumpió una distinguida voz desde el exterior de su ventana.

Le llamó mucho la atención la amplitud de su ventana, nunca se había percatado de ese detalle, tal vez fuese por el momento, o tal vez no, pero daba la sensación que coincidía con la misma medida que la chica. No era la primera vez que realizaba una escapada, por ese motivo le resultó muy llamativa aquella percepción. Antes de ejecutar la maniobra de salida localizó a sus compañeros que la aguardaban. Realizó una pequeña contorsión para subirse por la enorme rama del árbol que rozaba el cristal de su mirador. En la lejanía se avistaba una nebulosa opaca que ocultaba el horizonte, suministraba una noción de olvido, como si el cruce de aquellos límites te hicieran caer en la nada. De repente Emmy se detuvo, miraba el horizonte, sus pies aún permanecían alejados del suelo. Bajo el espesor de la neblina distinguió una confusa figura inamovible. Emmy presentía que ambas entidades se atisbaban mutuamente mientras la oscura silueta estaba siendo devorada paulatinamente por las tinieblas. ¡Qué te pasa!-exclamó Gabriel al ver a su amiga retenida por alguna serpiente maligna.

El grito logró liberar a Emmy de su trance, por lo visto la tétrica visión supo aferrar a su víctima sin ninguna dificultad. Bajó inmediatamente del retoño de Gea hasta establecer contacto físico con sus camaradas. Los presentes intentaron averiguar el motivo de su paralización, pero Emmy esquivó la incertidumbre a través de una mentira. Ahora que estamos todos vamos a trabajar-soltó Leandro decidido. ¡Trabajar! A esto le llamas trabajo-soltó Ághata con recochineo. Llámalo como quieras-siguió el chico. Ya me lo dirás cuando tengamos que estar grabando varios vídeos a la semana. Es muy fácil criticar lo que uno desconoce.

¿Qué proyectos bañaban la mente de Leandro?, o ensuciaban. Lo que estaba claro era la confianza de su éxito. Un peligro que puede destruir cualquier mente inexperta. Cuanto más prematura es la razón más propensa es al dolor. Y Leandro aún no había vivido lo suficiente para conocer la verdadera naturaleza de la existencia. En cambio Emmy arrastraba un hechizo que afectaba a su subconsciente. La falacia era la causante del encantamiento, actuaba en su cabeza del mismo modo que la visión de aquella silueta descompuesta. Reflexionaba y no encontraba nada. Buscaba una lógica que no localizaba. La imagen desconocida solo le provocaba perturbación en su intelecto. Por un instante relacionó la posible identidad de la figura con el desconocido que la siguió, ya que era la única opción razonable que podía sostener. No sabía en que pensar ni en que creer, quería dudar de su sentido, alejar esa huella enigmática incrustada, por ese motivo se adueñó de la máscara del disimulo. Nathan fue el único miembro del grupo que aún no había soltado ni una misera palabra. ¿En qué estaría pensando? Es imposible que una mente esté vacía de pensamientos. Estaría muerta.