Un suceso que le ocurrió a uno de nuestros protagonistas y que mejor manera de contarlo que con una “hermosa” narración en verso :)

Mis abuelos hacen cosas muy raras,

créeme no te miento,

mi abuela duerme con los ojos abiertos,

y a mi abuelo nunca le he visto dormir nada.

 

El otro día bajé al sótano para buscar algo que enseguida olvidé,

vi a mi abuelo que con una escopeta se apuntaba en la sien,

pobre hombre algo no iba bien.

Al verme profirió innumerables carcajadas de rumbo extraviado,

algo le había asustado,

no era yo el causante de su temor,

algo a mis espaldas resoplaba bajo el eco del horror.

Mi abuela era la portadora de aquel tétrico aullido,

sus dientes desafinaban del mismo modo que las retorcidas extremidades de un grillo.

No pasó nada,

todo acabó en un triste olvido,

sin embargo el susto que me llevé lo interpreté como un aviso,

mi intuición me decía que no debía merodear por aquellos parajes sin permiso.

 

La luna resplandece,

los pájaros no se dejan ver,

es la hora de dormir aunque no es lo que más me gustaría hacer.

Bajo los párpados para intentar vaciar mis pensamientos,

un extraño ruido despierta mi entendimiento.

Mis pasos se encaminan hacia aquella dirección,

guiados por una mano invisible que nada quiere salvo mi atención.

Una cadavérica figura gatea sin rumbo,

sus desplazamientos no son propios de este mundo,

por la oscuridad sabe transitar,

en cambio yo no la puedo imitar.

Es mi abuela,

¿qué puedo hacer?

esperar hasta que vuelva el sol a crecer.

 

Por fin ha llegado el día siguiente,

el astro se ha despertado aún más ardiente.

Otra vez mi abuelo con su escopeta,

estoy seguro que ha perdido la chaveta,

esta vez se la introduce en el interior de su garganta,

a ver si se atraganta.

 

Mi abuela está haciendo un rico pastel,

ojalá le ponga un poco de miel,

¿y si la meto dentro del horno antes de que ella me introduzca en él?

Que tonterías digo,

ya estoy pensando como Él.

Me pide ayuda a través de una sospechosa sonrisa,

ese cuchillo que sostiene lo agita muy aprisa.

Mañana iremos al pozo me dice,

¿por qué tengo que seguir sus directrices?

 

El pozo me da miedo,

ahí vi a una niña de rostro agrietado,

me reclamaba con un tono ceniciento,

creo recordar que alguien la sacó de un convento.

Me dijo que en la próxima visita me quedaría con ella,

temo por ser solo una huella.

 

De nuevo el astro luminoso se esconde,

quiero hacerme una foto pero la cámara no responde.

Por fin hace su función,

¡maldita sea! aparece la cara de mi abuela en plena acción,

su misteriosa sonrisa no deja de espirar una macabra canción.

Me doy la vuelta y ya no está,

la escuchó reptar por los pasillos una vez más.

 

Me gustaría que muriese,

es cierto no estoy diciendo sandeces.

Él me dice que algún día llegará,

espero que sea pronto porque si no me matarán.

¿Quién es Él? que importa eso,

solo es un amigo muy travieso.

 

Mi abuela ha dejado de sonar,

desde luego la calma como se hace de rogar.

Voy hacía la cocina porque tengo ganas de beber,

allí está ella como si nadie la pudiese ver.

Algo corta,

esa sangre la delata,

observo su quehacer,

cortándose los dedos otra vez.

 

Mientras mi abuelo está en su misma posición,

debatiéndose entre pegarse un tiro o no.

De día y de noche siempre igual,

más le vale que se lo pegue ya.

 

Un nuevo aire se respira,

que agotadora se hace la misma mentira.

Los pájaros no se dejan ver,

¿si es de día cómo puede ser?

Me llevan al pozo,

allí me espera esa niña de rostro espantoso,

conforme me acerco todo se vuelve borroso,

¡madre mía! noto un aroma asqueroso.

Siempre que les pregunto el motivo de la visita,

me responden con las mismas palabritas,

hay que dar de comer a los muertos me dicen,

¿qué sentido tiene alimentar a las lombrices?

 

Yo me largo de este lugar,

no pienso consentir ser el sustento de nadie más.

La escopeta se dispara,

casi me da en la cara,

no me encontrarán porque ahora formo parte de la nada.

 

El frío me está matando,

tengo que volver,

aunque sea para no perecer.

Mis abuelos estarán al acecho,

no me importa,

Él vendrá para que yo pueda recuperar mi lecho.

 

He vuelto al lúgubre paraíso,

media cabeza casi piso,

mi abuelo por fin se ha volado la sesera,

si que se ha hecho larga la espera.

¿Mi abuela dónde está?

en el pozo,

a saber desde cuando estará.

Él tenía razón,

voy a entrar en casa para calentarme con un buen tazón,

he de reconocer que mis abuelos raros son.

Un sueño compartido (las tres puertas).

Nos encontramos en una angosta habitación, no por su tamaño, sino por la inmundicia que posee. ¿Por qué estamos aquí? No lo sé. ¿Esto es un sueño? Qué importa, sea lo que sea nuestro destino será el mismo. Hay tres puertas que mantienen la misma estética del cubículo y en cada una de ellas se oyen diversos ruidos de poca confianza. En la pared izquierda y derecha, curioso, observamos unas aberturas que muestran una misma inscripción:

En la primera puerta hay un payaso, en la segunda puerta hay dos payasos y en la tercera puerta hay tres payasos. Cada uno sostiene una motosierra con sus manos, a saber para qué. ¿Qué puerta eliges? Por cierto, solo una te conduce a la salida sano y salvo (eso me han confirmado).

Está claro, no hay otro modo de salir de aquí a no ser que atravesemos una de las tres puertas, por lo tanto hay que comenzar a reflexionar sobre el mensaje.

-Vamos a ver…

-Creo que la dos porque si son psicópatas se habrán matado entre ellos, en cambio en la tres alguno podría sobrevivir. Por cierto en la puerta número dos si te fijas no hay asas.

-Supongo que aunque no tenga asas se abrirá con solo empujar, mira el estado que tienen esas puertas. Yo escogería la uno y trataría de matar al payaso, así ya tendríamos una sierra para revisar la siguiente puerta en el caso de no encontrar la salida en la primera, aunque nos arriesgaríamos a que uno de nosotros muriese también.

-En la tres se ve una luz en uno de los rectángulos donde antes había vidrio, tal vez sea la salida.

-O no, puede ser que sea otra cosa.

-Ahora que lo pienso ninguna opción afirma que las motosierras estén encendidas, además los payasos no hacen daño, solo hacen reír.

-¡Ya lo sé! La respuesta es ninguna.

-No entiendo.

Solo una te conduce a la salida sano y salvo (eso me han confirmado). Eso quiere decir que el último que estuvo aquí no eligió. Murió porque ninguna te lleva a la salida.

-Sigo sin entender.

-Piensa un poco hombre no tengo porque explicártelo todo.

-¡Entonces vamos a morir aquí!

-Si.

-Todo esto no es real, debe ser una pesadilla.

-Sea lo que sea nuestro destino será el mismo.

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¿De dónde ha salido esto?

No puedo soñar porque las pesadillas no me dejan en paz,
cada día intento huir de ellas pero mis intentos no han servido jamás.
No puedo soñar porque las pesadillas me confunden con maldad,
cada día intento ser más lista que ellas pero su inteligencia es descomunal.
Algo me dicen pero no puedo acordarme de más,
puede que me digan que nunca pare de soñar,
tal vez por eso las pesadillas forman parte de mi verdadero ser,
aunque a veces no creo en ellas como creen saber.

 

Un cuento que narraba la madre de Nathan y Leandro cuando estos eran pequeños. ¿Es para niños seguro?

Un gato llamado Tánatos

Hace mucho tiempo, en un siglo donde la ciencia y la tecnología comenzaron a devastar sin piedad a todo los seres racionales e irracionales, donde la esclavitud corpórea finalizó en diversos países confortando a una esclavitud más eficiente, de naturaleza abstracta, que poco a poco ha ido extendiéndose por todo el mundo por su admirable efectividad, bajo todos esos sucesos había un niño de familia acomodada y sonrisa apagada que sobrevivía gracias a la sombra de un pueblo olvidado. El muchacho se sentía incomprendido respecto al resto de sus compañeros, e incluso de los adultos. Nadie quería estar con él, tal vez fuese por sus rarezas, o tal vez porque no pensaba como los demás, vete a saber. Su único compañero de juego era un gato callejero llamado Tánatos. ¿Por qué se llamaba así? Sinceramente no lo sé, puede que aquel niño le pusiera ese nombre, ya que le encantaba la mitología griega, es una posibilidad. ¿Cuándo se conocieron? Tampoco puedo responder a esa pregunta. Por cierto el niño se llamaba Morfeo. “Pobre chiquillo, casi se me olvida mencionar su nombre”.

Dicen que cada gato posee una única personalidad al igual que los humanos, por lo tanto cada felino es diferente respecto al resto, sin embargo las personas no son diferentes respecto al resto, dato curioso no lo olvides. A Morfeo no le gustaba ningún deporte, ni verlo, ni practicarlo. Apenas jugaba con los de su edad porque para él era una perdida de tiempo, no podía evitarlo, pretendía aprovechar el tiempo al máximo para algo que solo él conocía. Sus padres hacían todo lo posible para que Morfeo fuese como los demás niños. Socializaban con otras parejas con el objetivo de que Morfeo se hiciese amigo de sus hijos, le apuntaban a varios equipos deportivos (menos mal que dijimos que los deportes no le gustaban) etc. Aún así Morfeo seguía siendo él mismo. Sus padres llegaron a tener miedo de su propio hijo e incluso varios compañeros de clase compartieron ese mismo sentimiento. ¿Miedo por qué? Si no hacía nada malo a nadie. Ni los regalos materiales poseían valor alguno para el chico, utilizarlos era una perdida de tiempo.

Un día la maestra, lógicamente iba a la escuela como cualquier niño, le hizo a toda la clase una pregunta semanas antes de comenzar las vacaciones de navidad: ¿qué regalo queréis que os traigan los Reyes Magos? Morfeo contestó: quiero que me regalen un poco más de tiempo. Todos sus compañeros le miraron a través de un mismo ojo, incluso la educadora. En el último día de clase la maestra quiso establecer una entrevista con los padres de Morfeo. Ella se preocupaba por su alumno, eso está muy bien, pero no siempre tiene porque ser malo todo aquello que no entendemos. Tanto la docente como los padres eran conscientes de la falta de comunicación que Morfeo establecía con sus compañeros y adultos. Hace varias semanas le pregunté a mis alumnos que querían ser de mayores y vuestro hijo me contestó: yo quiero ser Morfeo.

Mantuvieron una larga conversación sobre Morfeo, no obstante nada hicieron. ¿Qué podían hacer? No hay mayor sordo que el que no quiere escuchar. Aunque, ¿y si quería escuchar? ¿a lo mejor eran todos los demás los sordos? Insisto, no hay mayor sordo que el que no quiere escuchar.

La relación con sus abuelos era bastante favorable, siempre que los veía escuchaba todas sus gestas del pasado. Los ojos de su nieto brillaban cada vez que oía aquellas historias, narraciones que según sus padres eran muy fantasiosas, pero Morfeo no era nada tonto, sabía que dentro de esas fantasías se ocultaban realidades. Solo había que encontrarlas.

Entonces, si Morfeo escuchaba esas memorias eso quería decir que sordo no estaba, de modo que eran los demás. Es una posibilidad, no puedo darle la razón ni quitársela, lo que sí puedo afirmar es que no es necesario oír para escuchar.

Bueno, como he dicho anteriormente Tánatos era su único amigo, ambos se comprendían mutuamente. Cuando se miraban con detenimiento daba la sensación de que contemplaban un mismo reflejo. Sus padres desconocían la existencia del gato, el animal sabía cuando debía hacer acto de presencia, era muy listo. Por cierto, su pelaje estaba cubierto por tres colores de tonos apagados al igual que sus ojos. Morfeo a veces se preguntaba cuál era la historia de aquel gato, ya que joven no era, pero tampoco era viejo. Había vivido más que el chico, de eso estaba completamente seguro. Aquella incógnita no podía ser respondida por el felino, por lo menos a través de su boca, sin embargo su mirada podía dar pistas sobre su pasado. Los relatos silenciosos de Tánatos era lo que más le gustaba a Morfeo de su amigo.

Durante sus ratos libres, como odiaba esa denominación, Morfeo se dedicaba a pasear por el pueblo junto con Tánatos, este sostenía siempre un ritmo de transito distinto al del muchacho. ¿Dejaban sus padres a su hijo pasear solo por la calle? Por supuesto. El pueblo era pequeño y todos los habitantes aparentaban que se conocían. Una de las vecinas, viuda por cierto, debido a que alguien mató a su marido y nunca se supo quién, siempre señalaba al gato cuando pasaban delante de su arcaica morada y exclamaba: ¡ese gato tienes tres caras! ¡el demonio vaga por nuestro pueblo!

Morfeo no hablaba con nadie solo se limitaba a observar a los demás, eso era un problema, miraba demasiado. Por ese motivo comenzó a odiar a la humanidad. Tánatos era consciente de ello, no lo decía, pero lo sabía. Desde entonces sucedieron una multitud de sucesos bastantes extraños a los habitantes del pueblo.

Una aglomeración de insectos y avispas invadieron el pueblo, y eso que era febrero. El centro de salud se colapsó por la multitud de picaduras que recibieron los pueblerinos. Dos días después se produjo una tormenta infernal que se llevó a más de uno por delante. Tres días después cayó una lluvia de granito que destrozó varios coches, tejados y algunas cabezas. En ese mismo día los perros perdieron la cordura y atacaron a sus dueños. Cuatro días después numerosos pedruscos de tamaño considerable procedentes de la cima de la montaña cayeron en diversos lugares del pueblo. Varios edificios junto con sus inquilinos sucumbieron durante la colisión, para quitarlas de allí todos los pueblerinos tuvieron que cooperar por medio de sus manos. Cinco días después el río inundó todo el pueblo provocando más destrozos y muertes. Seis días después llegó una calor opresor que ocasionó una multitud de asfixias. Siete días después surgió una encarnizada lucha entre todos los supervivientes del pueblo por la falta de recursos y desatenciones médicas debido a la saturación que sostenía el centro de salud.

La última tragedia se produjo ocho días después, un sábado de marzo, el pueblo fue apisonado por la incendiaria epidermis del hielo. Las carreteras estaban completamente cortadas, por lo tanto no se podía salir de allí. La gente que había perdurado fue muriendo a través del gélido tacto de la muerte, el pueblo se convirtió en un cementerio de escarcha. Olvidado por muchos y recordado por pocos.

¿Y Morfeo? ¿Dónde estaba el niño durante todo ese tiempo? ¿Y sus padres? No lo sé. Lo único que puedo decir es que al poco de congelarse el pueblo donde nació Morfeo, por cierto intento recordar el nombre del pueblo pero mi cerebro está nublado por su misma escarcha, el muchacho se encontraba en un pueblo llamado Joriosa, donde residía su tía. Allí también se veía con su fiel felino y juntos transitaban Joriosa sin abandonar sus peculiares personalidades, porque él era Morfeo y su mejor amigo era un gato llamado Tánatos.

Y colorín colorado este cuento aún no ha acabado…

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Escrito que leyó un día Leandro a saber dónde.

Conversación sin sentido o con sentido
(Según como se mire)

Alberto se encuentra proporcionando alimento junto con su hijo a los dos únicos cerdos de la pocilga. De repente aparece un desconocido.

Desconocido: -¡Buenas tardes!

Alberto: -¡Buenas tardes caballero!

Desconocido: -Quisiera comprarle esos tres cerdos que tiene.

Alberto: -Bueno, en estos momentos solo tengo dos.

Desconocido: -De acuerdo, deme esos tres.

Alberto: -¿Cómo?

Desconocido: -¡Sí! Deme esos tres cerdos que tiene.

Alberto: No, a ver, creo que no me ha entendido. Solo puedo venderle dos, los únicos cerdos que tengo.

Desconocido: Sin problemas, deme esos tres cerdos que tiene.

Alberto: Sigue sin entenderme. Mire la pocilga por favor, hay dos cerdos en ella, son los únicos que tengo, por lo tanto solo puedo darle dos.

Desconocido: ¡Sí! ¡sí! Lo entiendo perfectamente, deme esos tres cerdos que tiene.

Alberto: ¡Caballero! Solo tengo dos cerdos, ¿qué más quiere que le diga? solo puedo darle dos.

Desconocido: Ya, si lo sé. Por eso le pido que me de esos tres cerdos.

Alberto: Tome, cada uno cuesta… 

Desconocido: Solo me ha dado dos.

Alberto: ¡Claro! ¡Le estoy diciendo que solo tengo dos!

Desconocido: Queda el tercero.

Alberto: ¡Qué solo tengo esos dos caballero!

Desconocido: Ya, si lo sé, pero aún le falta darme el tercero.

Alberto: ¡Largo de aquí! ¡Ahora me quedo con los dos cerdos! ¡DOS CERDOS!

Desconocido: ¡Está bien! ¡Por su estupidez ha perdido un cliente! ¡Puede quedarse con sus TRES CERDOS!

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Un agradable paseo por el bosque

Desconozco el momento exacto, ¿acaso importa eso?, de aquella marcha que hizo la madre de Nathan junto con su hijo por una floresta que apenas se podía apreciar su fogoso tono verdoso. La mujer detuvo sus flemáticos pasos junto con la criatura en un árbol cuyas características eran muy singulares respecto a la naturaleza que exhiben los bosques. El árbol poseía unas dimensiones colosales, destacaba entre sus compañeros silenciosos. Su forma, es difícil describirla. Estaba torcida, eso se podía apreciar con facilidad, pero lo verdaderamente llamativo era ese interrogante que le proporcionaba a cualquier ojeador por saber donde comenzaba y donde acababa aquella tétrica torcedura. Su piel, ¿un árbol tiene piel?, aunque suponga una locura es necesario ese sustantivo. Su piel carecía de color, poseía el mismo maquillaje de los cadáveres. Quiero que te fijes en este árbol-indicó la mujer a su hijo. Cuando termines de observarlo quiero que contemples nuestra ciudad.

Nathan realizó los mandatos de su madre sin vacilación y acabó contemplándola a ella. Un niño de seis años que podía entender de aquella intención de su madre, ¿y un adulto lo entendería? Ambos hicieron coincidir sus miradas hasta que la mujer desplazó su vista hacía el árbol. ¿Sabes lo que veo cuando contemplo este árbol y cuando contemplo nuestra ciudad?-preguntó la madre a su retoño sin intención de esperar alguna respuesta. Cuando contemplo el árbol veo sinceridad, es por ello que está muriendo. En cambio, cuando contemplo nuestra ciudad solo veo falsedad, es por ello que está creciendo.

El rostro del niño se paralizó durante unos segundos hasta que un pensamiento lo activó de nuevo. ¿Sabes lo que veo yo mamá?-preguntó Nathan sin intención de esperar alguna respuesta. Cuando contemplo el árbol veo vida, es por ello que está muriendo. En cambio, cuando contemplo nuestra ciudad solo veo dolor, es por ello que está creciendo.

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